
Con alegría y espíritu de servicio, el presbítero Alejandro Abarca Morales asumirá por segunda vez como párroco de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen de Rancagua, marcando un nuevo capítulo en su camino pastoral dentro de la Diócesis de Rancagua.
Religioso de la Orden de la Madre de Dios, también conocidos como Leonardinos, el padre Alejandro explica que los cambios de destino son parte esencial de la vida consagrada. “En la obediencia uno va donde es enviado y sirve”, afirma, subrayando que su regreso no responde a un reemplazo, sino a un proceso ordinario de misión dentro de la Iglesia.
Un regreso con raíces y vínculos
El sacerdote no es ajeno a la comunidad rancagüina. Antes de su actual designación, ejerció durante nueve años en la misma parroquia y otros seis en Quinta de Tilcoco, consolidando una profunda relación con los fieles. A ello se suma su historia personal: con familia en Machalí y una vida marcada por su participación en la pastoral juvenil, reconoce en Rancagua un lugar significativo.
“Estoy feliz de volver. Aquí hay vínculos fuertes, tanto con la Iglesia como con muchas personas de mi vida”, señala. El recibimiento de la comunidad, agrega, ha sido especialmente cálido, reflejando una Iglesia viva y comprometida.
Desafíos pastorales en el corazón de la ciudad
La toma de posesión se realizará el próximo 16 de mayo, en una Eucaristía presidida por el obispo diocesano, instancia que marcará el inicio formal de este nuevo periodo. Entre sus principales desafíos, el padre Abarca destaca la necesidad de revitalizar la vida parroquial en un sector céntrico que ha experimentado cambios demográficos.
En esa línea, proyecta fortalecer la misión pastoral hacia la comunidad universitaria cercana, especialmente en torno a la Universidad de O’Higgins, así como ampliar los horarios de apertura del templo. “No hay peor signo que una iglesia cerrada”, enfatiza.
Continuidad y proyección comunitaria
El nuevo párroco también valora el trabajo realizado por su antecesor, destacando la organización del comedor solidario y la vitalidad de movimientos como el Camino Neocatecumenal y los cursillos. “Hay una base sólida para seguir construyendo comunidad”, afirma.
Con una trayectoria que incluye años de servicio en Santiago y responsabilidades internacionales dentro de su congregación, el padre Alejandro inicia esta etapa con esperanza, confiando en que la fe compartida y la Eucaristía seguirán siendo el centro de la vida parroquial en Rancagua.