
Con la capilla del Monasterio de la Divina Providencia completamente llena, la comunidad diocesana de Rancagua se reunió este 1 de septiembre para celebrar la Eucaristía en memoria de monseñor Alejandro Goic Karmelic, al cumplirse un año de su Pascua. Sacerdotes, diáconos, religiosas —entre ellas, todas las Hermanas Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento—, familiares, amigos y numerosas personas que conocieron y acompañaron al recordado obispo emérito de Rancagua se hicieron presentes para orar por él y dar gracias a Dios por su vida y su ministerio pastoral.
La celebración, presidida por monseñor Guillermo Vera fue también una expresión de cariño y gratitud por quien fuera pastor de la Diócesis de Rancagua entre los años 2004 y 2018, y cuyo testimonio de fe, cercanía y servicio, especialmente hacia los más vulnerables, permanece vivo en quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo.
En la oportunidad, el obispo de Rancagua recordó al prelado con las siguientes palabras:
“Estamos reunidos en este lugar, en esta tarde, para alabar y agradecer a Dios por la vida de don Alejandro, que hace un año nos dejó.
Alabamos y bendecimos a Dios porque la vida de este hermano nuestro, su existencia, fue un don para su familia, para la Iglesia y para Chile.
Y entonces hoy le podemos decir al Señor: no te pedimos cuentas porque te lo llevaste, sino que te agradecemos porque Tú nos lo regalaste.
Estamos reunidos aquí, en este lugar de oración y de adoración, el lugar donde él quiso quedar, esperando el día de la resurrección final.
Aquí estamos como familia, como Iglesia, para dar gracias por este hombre de fe y de valores. Fe y valores aprendidos en el seno de su hogar, madurados en el seminario y profundizados a lo largo de su vida.
Damos gracias por este hombre, hermano nuestro, que supo ver y conmoverse; supo mirar con honestidad la realidad y asumió trabajar por aquello que debía y podía ser cambiado, para que así la justicia y la paz se pudieran abrazar.
Él nos contaba de aquella experiencia de seminarista, allá en Los Ángeles, en tiempos de misiones, recorriendo aquellos lugares y acompañando la vida de los campesinos, impresionado por la pobreza que vivían en ese tiempo.
Él podía pensar: “Yo, en la casa en que vivo, en el seminario, y en la iglesia hermosa en la cual puedo rezar; y estos hermanos viviendo así, en estas condiciones”. Veía y se conmovía.
Y eso que sucedió cuando era un joven seminarista, lo vivió, sin duda, a lo largo de toda su vida como sacerdote: ver y conmoverse; escuchar y conmoverse; mirar una realidad; mirar lo bueno que podía encontrar y acompañar esa bondad; y ver aquello que podía y debía ser cambiado.
Él pudo decir con san Pablo, el Apóstol: “Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, que me ha dado fuerzas, porque me ha considerado digno de confianza y me ha puesto a su servicio”.
Don Alejandro fue un hombre enamorado de Cristo.
El domingo recién pasado escuchábamos al profeta en la primera lectura, que decía: “Tú me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir”.
Sin duda, una experiencia que don Alejandro vivió. Sus gestos, sus miradas y sus palabras trataban de mostrar que en su corazón habitaban los mismos sentimientos de Cristo Jesús.
Todo esto hablaba de la profunda intimidad que él tenía con el Señor; intimidad que se concretaba cada mañana, a primera hora, en largos encuentros de oración con el Señor presente en la Eucaristía, ahí, en el Sagrario, en el Tabernáculo.
Fui testigo muchas veces, en la Asamblea de los Obispos, de cómo él era el primero en llegar en la mañana a rezar largamente, ahí, en la capilla, delante del Señor.
Y es lo mismo que habrán visto ustedes, las madres (adoratrices), aquí, en este lugar donde él vivió y donde recibió tanto cariño.
Él era un hombre que se ejercitaba en la devoción a Dios, y de ahí sacaba las fuerzas para trabajar y luchar.
Su esperanza estaba en el Dios viviente, con quien a diario conversaba largamente.
Porque la gloria de Dios es que el hombre viva; que el ser humano viva plenamente.
Es que don Alejandro se dolía ante todo aquello que rebajaba la dignidad de las personas, y pudo entonces hablar con la autoridad de Jesús y con la fuerza de la Palabra del Señor para cambiar realidades dolorosas.
Para don Alejandro, ser obispo era una mayor responsabilidad de servicio, de ser totalmente de los hermanos.
Entendía el episcopado como una mayor exigencia de entrega, de sacrificio, de asumir la cruz junto con Jesús, para con Él trabajar por la liberación integral del hombre.
Quiso que Jesús fuera su vida, su Señor.
Por Él quiso vivir, luchar, amar y morir.
Quiso mostrar, como sacerdote, que Jesús ha de ser vida para todos.
Por esto vivió, enseñó, sufrió y acompañó la vida de tantos que hoy agradecen haberle conocido.
Don Alejandro pudo decir, en un momento de su vida, haciendo un balance general:
“En el balance general de mi vida, siento que Dios ha sido extremadamente amoroso conmigo. Tanto en la alegría como en las penas he sentido su presencia”.
Y, sin duda, la alegría grande es poder ser un instrumento suyo para ayudar a mucha gente en el encuentro con Jesucristo, que es la razón última del ministerio sacerdotal y episcopal.
“Vale la pena seguir a Cristo y, si tuviera que volver hacia atrás, y si Dios me regalara esta misma vocación, volvería a elegirla”.
Vale la pena seguir a Cristo porque es el único proyecto humano y divino que hace que el ser humano sea valorado en su profunda dignidad de hijo de Dios.
Decía san Pablo: “Para mí la vida es Cristo”.
Lo mismo dirá don Alejandro: “Cristo es mi vida”.
Y el Apóstol continúa luego: “Y la muerte, una ganancia”.
Que don Alejandro, que quiso vivir de Cristo y para Cristo, alcance ahora en la eternidad la plenitud de la vida; que pueda tenerle como su premio y su ganancia.
Amén”.
Ver la misa completa: https://www.youtube.com/live/tapfREQ1eqc