Monseñor, este año 2020 muchas personas lo han calificado como “un año perdido”, “el peor año de la historia”, ¿Cómo califica usted este año? ¿Cómo lo califica la Iglesia?
Desde el punto de vista humano las cosas pueden verse muy negativas, pero como todo en la vida, las cosas tienen ribetes. Ésta es una idea que le gusta mucho al papa Francisco: la Iglesia es como un poliedro, que tiene muchas partes, muchas fases y el mundo también. Este ha sido un tiempo muy difícil para el mundo, para Chile, para muchas familias, para muchas personas; pero, al mismo tiempo, ha sido un tiempo de muchas enseñanzas que debemos ser capaces de descubrir, no solamente en el orden de la fe, sino también en el ámbito social y de la relación con los demás.
Este acontecimiento que estamos viviendo produjo un efecto, que yo llamo “nuclear la familia”, muchas personas que no se hablaban, no se veían, familias donde los hijos y los padres corrían todo el día de un lado para otro, han tenido que estar juntos, conocerse, aprender unos de otros, servirse, son elementos muy interesantes y esto ha pasado en muchas familias, que nunca habían estado tiempo juntos en el que tuvieran que compartir, verse y descubrirse.
Otro efecto importante ha sido que, como es una pandemia que afecta a todos por igual, se está más consciente que hay personas que lo están pasando muy mal, especialmente nuestros adultos mayores, las familias que han perdido sus trabajos, y se ha producido una expansión de la solidaridad que nunca habíamos visto en Chile y también en nuestra diócesis de Rancagua. La Iglesia trabaja en silencio y hemos llegado a miles de personas a través de las parroquias, por medio de las Caritas diocesanas; y también de la ayuda de empresas y personas anónimas; y todo esto queda en el corazón de Dios.
El primer efecto positivo que queda de esta pandemia es que la gente que estaba acostumbrada a mirar hacia abajo, las cosas de la tierra, los bienes, el futuro, los fines de semana, las vacaciones, vio que no hay ninguna solución humana para este tema por el momento y eso le ha permitido mirar hacia donde está la verdadera solución y eso ha significado que muchas personas vengan de vuelta a Dios. Eso hemos visto en las actividades pastorales, en las misas diarias y dominicales, donde participa mucha gente; mucha gente está pidiendo ayuda a los sacerdotes, a través de la oración. El país va a salir fortalecido de esto, porque todos hemos sido tocados por algo que nos transciende y nos ha hecho volver a los bienes verdaderos, que son de Dios.
Monseñor, ¿Cuál es su evaluación en el ámbito pastoral, considerando que gran parte de este año las parroquias debieron estar cerradas y muchas de las acciones de devoción en los Santuarios no se pudieran realizar de forma presencial?
Yo llegué en el mes de marzo como administrador apostólico, prácticamente cuando comenzó la pandemia, y hemos podido realizar muchas acciones, que la gente no las percibe, porque son más internas de la Iglesia, pero que es bueno que las conozcan.
La Iglesia no la dirige el obispo, sino que se trabaja colegialmente, sinodalmente; y con mucho diálogo.
En ese sentido, hemos realizado muchas acciones, entre ellas, la más importante es curar las heridas que dejaron los problemas que afectaron a muchos sacerdotes de la Diócesis de Rancagua y que resultaron no ser verdaderas, como quedó comprobado en el proceso que hoy está completamente finiquitado. Pero lógicamente todo ese proceso que involucró a aproximadamente 14 sacerdotes, provocó heridas como en cualquier persona. Entonces nos hemos dedicado a curar esas heridas a través del descubrimiento de elementos espirituales para sanarnos, a través de encuentros con personas expertas en el área sicológica para enfrentar estas situaciones; también por medio del diálogo y la conversación personal del obispo con muchos de ellos.
También hemos hecho funcionar durante todo el año el Consejo de Gobierno, integrado por sacerdotes, religiosas, religiosos, laicos y el obispo para ir viendo todas las semanas todos los temas de la diócesis. Durante todo el año ha funcionado el Consejo de Decanos: en la diócesis existen 6 decanatos, dirigido cada uno por un sacerdote, que tiene la función de orientar y apoyar a las parroquias que forman cada decanato.
También hemos nombrado el Vicario de Educación, que es un tema muy relevante; una directora de catequesis; se ha nombrado un sacerdote como delegado episcopal en la Vicaria Universitaria y educación Superior; en los próximos días vamos a anunciar los cambios de párrocos para el 2021. Además se está trabajando en el ámbito de financiamiento y de regularización de los cementerios parroquiales, es decir, la Iglesia se ha movido mucho más de lo que la gente cree. Por otra parte, hemos llevado adelante la campaña “Cinco panes y dos peces” para ir en ayuda de miles de personas de la Diócesis de Rancagua. Mi análisis es que el tiempo de pandemia ha servido para trabajar mucho dentro de la Iglesia y en eso hemos estado.