Monseñor, ¿Cómo desafía a la Iglesia el creciente flujo de migrantes a nuestro país durante los últimos años y, especialmente, este último mes?
Esta situación toca un tema esencial de la vida cristiana, como es que todos somos hermanos y que esta tierra donde habitamos es común y todos tenemos derecho a estar en ella y a participar de los bienes que Dios nos ha dado a través de ella.
Las migraciones no son nuevas en la historia de la humanidad, pensemos en la migración histórica del pueblo de Dios durante 40 años para llegar a la tierra prometida, en las migraciones que se produjeron después de la I y la II Guerra Mundial a nuestro país y cuya incorporación es parte de nuestra idiosincrasia, de nuestra cultura.
Nuestra canción nacional dice: “o el asilo contra la opresión”; y muchas de estas personas vienen de lugares donde hay gobiernos autoritarios y nosotros tenemos la obligación de aceptarlos, con requisitos básicos. Algunos también escapan de la pobreza: Haití, es uno de los países más pobre del mundo, entonces, la gente quiere algo mejor para ella y también para su familia. También tenemos la migración de países vecinos, donde existe inestabilidad económica y política.
El año pasado, los Comités Permanentes de Perú, Bolivia y Chile, hablamos de esta situación y de la cantidad de migrantes que en ese momento alcanzaba más de un millón de personas. Entonces, nuestra actitud debe ser de aceptación, de comprender que la nacionalidad no se opone a la presencia de extranjeros.
¿Cuál debe ser la actitud de la autoridad? La de disponer de los medios necesarios para que las personas puedan tener sus papeles al día y eso se está tratando de hacer, a lo menos en los lugares que conozco; y entregarle lo básico, como salud, educación, cultura, y ahora la vacuna. A la autoridad, lo que le preocupa es este ingreso por lugares no autorizados, sin regulación y sin cuidados sanitarios, porque eso es preocupante, pero para ello tiene las políticas de salud y de sanidad.
La Iglesia ha realizado varias declaraciones en el sentido de aceptar con alegría el aporte que los extranjeros realizan a nuestra patria, seamos justos con ellos, no nos aprovechemos en el ámbito laboral. Hay una responsabilidad social de todos nosotros, pero particularmente de quienes están aprovechando el trabajo de nuestros hermanos migrantes.
Los extranjeros ya se han instalado en nuestra patria. He bautizado hijos de chilenos con haitianos. Ellos también han llegado a formar parte de nuestra Iglesia, con un aporte real a nuestra vida comunitaria.
Monseñor, los migrantes siempre han sido una preocupación de la Iglesia. La Campaña de Cuaresma de Fraternidad del año pasado y de este año está destinada a ellos…
Efectivamente, con el Miércoles de Ceniza también dimos inicio a la Cuaresma de Fraternidad. El año pasado tuvimos un decaimiento muy fuerte en nuestras diócesis (San Bernardo y Rancagua). Este año nos hemos preparado mejor, hemos enviado una carta a las dos diócesis para motivar la Cuaresma de Fraternidad, que hace dos años los obispos decidimos que todos los recursos se gasten en programas a favor de los migrantes. Por ejemplo, en la diócesis de San Bernardo, realizamos un programa con Caritas Nacional de clases de castellano para haitianos.
Tenemos mucho en que ayudar a los migrantes: hay hacinamiento, ollas comunes, familias separadas, mujeres que están solas, y gente que se aprovecha de los migrantes. Pero todo ello no significa que tengamos que decir que la inmigración es negativa, por el contrario, es un bien para el país.