Monseñor, ¿A qué nos convoca la Iglesia este 26 de diciembre?
El día siguiente de Navidad, en la Iglesia celebraremos la solemnidad de la Sagrada Familia que nos invita a contemplar, como Iglesia, como creyentes, a esa familia en Belén, en Nazaret, para aprender a ser mejores familias. La familia es -sin duda- el regalo más grande que hemos recibido. En ella vivimos las alegrías más grandes y también las penas más duras y difíciles, pero que bueno es poder aprender de Jesús, de María y de José. En el nacimiento vemos a María y a José contemplando al niño, una imagen que invita a que en las familias, los padres puedan dedicarles tiempo para mirar y contemplar a sus hijos, a quienes hay que enseñarles, pero también de los cuales hay tanto que aprender.
En la familia de Belén y junto al nacimiento en medio de esa pobreza contemplamos que hay calidez, hay amor, hay cariño; y eso cómo poder llevarlo también a nuestras propias familias. No son los grandes bienes los que nos van hacer felices, lo importante es que en nuestras familias con lo que tengamos, quizás, en algunas con mucho, otras con poco, haya ternura, calor de hogar, preocupación de unos para con otros, que haya esa luminosidad que da el saber que nos queremos y que nos necesitamos los unos a los otros. Que en este domingo 26 de diciembre, en la solemnidad de la Sagrada Familia, mirando a Jesús, a María y a José, en Belén, recemos por nuestras familias, recemos por todo lo bueno que en ella vivimos, por todo lo bueno que de ellas recibimos y recemos para que en cada familia Dios pueda reinar y al reinar Dios, habrá cariño, habrá respeto y deseo para superar las dificultades, generosidad para cuidarnos y para vencer nuestros egoísmos y ayudarnos a crecer en lo que somos, una familia que se quiere, que es unida, que tiene presente a Dios, que lucha por salir adelante.
Que Dios bendiga nuestras familias. Que Dios disponga la mente y el corazón de los jóvenes que se preparan y que quieren formar familia, para que en la familia de Belén, de Nazaret, encuentren su gran modelo a seguir.
Monseñor, por otra parte, ¿Cómo fue la respuesta de nuestra Diócesis de Rancagua frente al llamado a cooperar en una segunda colecta en beneficio de las familias damnificadas por el incendio en Castro?
Agradecer por la generosidad. Hace algunos días atrás todos nos informamos por las noticias el desastre que significó en la ciudad de Castro, en la Isla de Chiloé, un incendio, que destruyó alrededor de 150 casas, donde perdieron todo de un momento a otro. Un incendio que arrasa con una casa que costó tanto esfuerzo para conseguir, pero no sólo con la casa, sino que también con tantos recuerdos. Es un momento tremendo para todos aquellos que vivieron esta situación tan dolorosa. Pero junto a ese dolor, también va surgiendo la generosidad. Como Iglesia, que camina en esta diócesis de Rancagua, quisimos hacernos presente y para ello se motivó para ayudar el domingo pasado en una segunda colecta. Durante esta semana con ese aporte que todos ustedes dieron, y que fue equivalente a cinco millones 300 mil pesos, pudimos aportar a la Iglesia de Ancud para ayudar a las familias damnificadas. Un aporte, que -sin duda- representa una hermosa generosidad que ustedes han manifestado y que como obispo agradezco y que el Señor sabrá bendecir abundantemente. Ese dinero ya ha sido depositado para que desde el Obispado de Ancud se pueda ayudar a estas familias que todo lo perdieron. No olvidemos nunca que ‘Hay más alegría en el dar que en el recibir’.