Queridos hermanos y hermanas:
Jesús, el Señor, envió a sus discípulos a continuar su misión. Debían ir al mundo entero a anunciar el evangelio y a los que creyeran, bautizarlos. La Iglesia nació para evangelizar.
Los primeros cristianos asumieron esta tarea y con su palabra y ejemplo, unido a la gracia de Dios que les asistía, lograron cambiar la historia. La historia del anuncio del evangelio está llena de hechos heroicos, aunque también hay que reconocer que, por ser hecha por hombres, también tiene sus sombras. Con todo, es más fuerte la corriente de amor que esta misión dio al mundo. La Iglesia junto con anunciar a Jesucristo llevó la promoción social, desde los comienzos se preocupó de ayudar a los pobres. Leemos en el Libro Los Hechos de los Apóstoles como surgen los comedores para atender a las viudas y a los huérfanos, luego vendrán los hospitales, escuelas, universidades, y tantas obras de promoción social hasta nuestros días.
Cada año, por octubre, se celebra la Jornada Universal de las Misiones. Es una ocasión para recordarnosa todos los bautizados que hemos de ser misioneros, que hemos de evangelizar, que la gente tiene derecho a conocer el amor de Dios manifestado en Jesucristo. Todos hemos de anunciarlo. Hoy también hay dificultades para este anuncio.
Es bueno saber que hoy en nuestro mundo, más de 200 millones de cristianos (católicos, evangélicos, ortodoxos), son perseguidos u hostigados por la fe, que el 75% de las víctimas de la persecución por motivos religiosos son cristianos, que en más de 40 países la libertad religiosa está limitada o no existe. Sin embargo, en esas zonas vemos valentía y grandes testimonios de fe.
Que, a la luz de esta realidad, los que podemos vivir nuestra fe sin mayores problemas, seamos los que demos un testimonio coherente y entusiasta de nuestro creer. A veces los grandes problemas para que el Señor sea más conocido están en nosotros, que no damos el suficiente testimonio, o que nos dejamos llevar por la comodidad o el desgano en vivir y anunciar lo que creemos.
La fe es un tesoro, que crece cuando se comparte. El mundo necesita de la luz de Cristo, que el ejemplo de tantos cristianos que a lo largo de los siglos han anunciado al Señor nos anime a nosotros a hacer lo mismo. La fe ha de llevarnos a trabajar en la extensión del fuego que el Señor trajo a la tierra y que El desea que arda.
Que el Señor nos regale la gracia de saber compartir la fe que hemos recibido, partamos con los nuestros.
Padres, enseñen a sus hijos la fe; abuelos, no cesen en mostrar a Jesús y María a los suyos, no nos avergoncemos de hablar de Dios con los amigos, no dejemos de decir Dios le bendiga a aquellos que nos hacen algún servicio. ¡Que el Señor sea más conocido!
En nuestras comunidades de campo todavía está presente lo importante que eran las misiones, y cómo eran esperadas. Llegaban los sacerdotes misioneros a estar en las comunidades, a visitarlos a sus casas, a celebrar los sacramentos, a reunirlos durante una semana o diez días. Eran días de fiesta en el campo, donde se hablaba de Dios y se conocía al Señor y donde la gente se encontraba. Hoy día puede que no lleguen los padres misioneros, pero están ustedes. Procuren en sus familias, en sus comunidades hablar de Dios y mostrar al Señor, es un tiempo de fiesta, de alegría y de gozo. Mostremos al Señor, evangelicemos, continuemos realizando la misión que el Señor dio a los apóstoles, que el Señor llegue al corazón de todas las personas, de nosotros va a depender que eso sea verdad.
Dios les bendiga.
+ Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua