Queridos hermanos y hermanas:
¡Qué grande es tener fe!, sí con esta alegre y cierta exclamación quiero comenzar este momento de encuentro. Lo hago teniendo en cuenta que dentro del mes que iniciamos tendremos el día 1 de noviembre feriado, en el que los creyentes, cristianos católicos, celebramos la Solemnidad de Todos los Santos y el día 2, aunque no es fiesta, recordamos a Todos los Fieles Difuntos.
Toda persona, sea creyente o no, tiene una sed de infinito, de eternidad, es como el sello de Dios, que nos dice que no hemos sido creados para morir, para desaparecer, sino que estamos llamados una vida plena.
En la Solemnidad que vamos a celebrar el 1 de noviembre, los creyentes levantamos nuestra mirada hacia Dios, hacia el cielo, y nos encontramos con la cantidad inmensa, imposible de contar, de hermanos y hermanas nuestros que nos animan a vivir la vida con esperanza y sin perder de vista el fin al que estamos llamados: hay cielo, hay vida eterna. Entre esa muchedumbre podemos descubrir a personas que compartieron junto a nosotros, personas que quisimos y frente a las cuales lloramos su partida, pero que por la infinita misericordia de Dios gozan ahora de una vida nueva, y con los cuales esperamos encontrarnos. En estos días, visitemos los cementerios con espíritu de fe y ante la tumba de los seres queridos recemos por su descanso eterno, para que un día podamos encontrarnos y para que nosotros no perdamos de vista la meta a la cual estamos invitados.
El 2 de noviembre, la iglesia conmemora y reza por Todos los Fieles Difuntos. Nos enseña la Iglesia en el Vaticano II: “El enigma de la condición humana alcanza su vértice en presencia de la muerte. El hombre no sólo es torturado por el dolor y la progresiva disolución de su cuerpo, sino también, y mucho más, por el temor de un definitivo aniquilamiento. El ser humano piensa muy certeramente cuando, guiado por un instinto de su corazón, detesta y rechaza la hipótesis de una total ruina y de una definitiva desaparición de su personalidad. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, se subleva contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no logran acallar esta ansiedad del ser humano: pues la prolongación de una longevidad biológica no puede satisfacer esa hambre de vida ulterior que, inevitablemente, lleva enraizada en su corazón.
Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, adoctrinada por la divina revelación, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz que sobrepasa las fronteras de la mísera vida terrestre. Y la fe cristiana enseña que la misma muerte corporal, de la que el ser humano estaría libre si no hubiera cometido el pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso salvador restituya al hombre la salvación perdida por su culpa”.
Ante tanta maravilla que nos enseña la fe y de la cual Cristo, nuestra esperanza, nos da testimonio es que el creyente puede enfrentar con confianza la vida y la muerte.
El creer y esperar en estas verdades no nos aleja de la realidad, sino que nos anima a trabajar para que este mundo y la vida nuestra sea un poco más parecida al sueño de Dios, por eso no nos olvidamos de las palabras de san Pablo: “Hermanos, pongan más empeño todavía en consolidar la vocación y elección que tienen; de este modo se les concederá generosamente la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”.
El 8 de noviembre daremos inicio al Mes de María, para nosotros tiempo entrañable de oración y actos de amor a la Virgen Santa. Que en nuestras iglesias y capillas, nuestro hogares y lugares de trabajo o estudio, podamos levantar un altar a la Virgen, donde no falte la oración de los creyentes, que junto a la madre nos sintamos hijos y más hermanos, que junto a María, todos seamos más de Jesús.
Que el pensar y vivir estas verdades eternas nos consuelen y animen a seguir caminando. ¡Qué grande es tener fe!
+ Guillermo Vera
Obispo de Rancagua