Palabras del Pastor

Mes de María

"Que, en este mes bendito, ofrezcamos aquellas flores que no se marchitan: nuestro trabajo y estudio bien hecho, alguna peregrinación a sus santuarios, visitar sus altares en las iglesias, rezo del rosario en familia, rosarios de la aurora, actos de servicio y caridad con quienes lo necesitan. Que sea de verdad un tiempo de gracia en que junto a la Madre del cielo aprendamos a ser Iglesia, familia de Dios", invitó el obispo de Rancagua.

Queridos hermanos y hermanas:

El próximo martes 8 de noviembre iniciaremos en toda nuestra patria el Mes de María. En cada una de nuestras iglesias y capillas, en cada uno de nuestros hogares prepararemos un altar donde reunirnos para cantar las glorias de María.

Cada año, como pueblo católico en diversos momentos miramos a la Llena de Gracia y lo hacemos de manera especial en su Mes, que con fe vamos a rezar.

En la Sagrada Escritura, en el libro del génesis, se nos habla de lo sucedido en la aurora de la creación: el ser humano, criatura amada de Dios cae en el pecado. Dios, el ofendido, se muestra como Él es, compasivo y misericordioso, por eso sale al encuentro de Adán y Eva caídos, viste su desnudez y les da una esperanza cierta de salvación. El demonio, enemigo de Dios y del hombre, será vencido por el linaje nuevo nacido de una mujer, esa mujer no es otra que María y su linaje es Jesús y  la Iglesia. Cristo será el gran vencedor del demonio y Él dará la fuerza a los suyos, que somos nosotros, para ser igualmente vencedores.

La Virgen Santísima, a quien ahora miraremos llenos de fe, recibió una plenitud de gracia mayor que la concedida a todos los ángeles y santos juntos, para cumplir así su misión de ser la Madre del Salvador. María está en un lugar único entre Dios y los hombres. Ella es quien en la Iglesia ocupa después de Cristo el lugar más alto y a la vez el más cercano a nosotros, ella es el modelo de todas las virtudes a la que hemos de mirar para tratar de ser mejores.

Ella es la Purísima, la Inmaculada, la Llena de Gracia; ella es descanso en nuestro trabajo, consuelo en nuestras penas, salud en nuestras enfermedades, puerto seguro en las tempestades de la vida; ella es quien nos anima a acercarnos a Cristo en busca de perdón, es alivio en nuestros agobios, socorro de quienes rezan. A ella la miramos para que nos enseñe a mirar a Jesús.

María, la Inmaculada, tuvo la gracia de ser Madre del Salvador. Como toda madre cumplió su deber y supo realizar su misión animada por la fe que le hacía entender que en su hijo cuidaba a Dios; como madre le enseñó, como creyente le contempló; como madre le acompañó como creyente le escuchó; como madre lo gozó como creyente le adoró; qué mejor entonces para nosotros que acercarnos a María y aprender de ella a tratar a Jesús.

Sí, hermanos y hermanas, vivamos este Mes de María, que desde junto a nuestros altares cada día suba al cielo una incesante alabanza y súplica por manos de María y que junto a ellos recibamos las bendiciones que del cielo descenderán, a través de las manos de la Virgen Santa.

Que, en este mes bendito, ofrezcamos aquellas flores que no se marchitan: nuestro trabajo y estudio bien hecho, alguna peregrinación a sus santuarios,  visitar sus altares en las iglesias, rezo del rosario en familia, rosarios de la aurora, actos de servicio y caridad con quienes lo necesitan. Que sea de verdad un tiempo de gracia en que junto a la Madre del cielo aprendamos a ser Iglesia, familia de Dios.

+ Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua