Hermanos y hermanas:
El mes de junio que vamos a iniciar es, en la Iglesia, el Mes del Sagrado Corazón. Como creyentes, miramos a Jesús y queremos contemplar la inmensidad de su amor por nosotros, que nos manifiesta en su Corazón, del cual Él mismo ha dicho: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. A esto, la fe de los creyentes nos lleva a decir y pedir con confianza: “Señor, haz nuestro corazón semejante al tuyo”.
En el Corazón de Jesús podemos entender los sentimientos que hay en Dios hacia nosotros, sentimientos que se hacen realidad en los gestos y palabras de Jesús en el Evangelio.
En Jesús, Dios nos habla de cercanía. Dice el Evangelio que Jesús vino a los suyos, y esos somos nosotros. No nos trata como algo extraño; somos personas que Él guarda con cuidado y cariño. Jesús es Dios que bajó del cielo, saltó las distancias y se volvió cercano a nosotros. De hecho, otro de sus nombres es Emmanuel, es decir, “Dios con nosotros”. Él siempre está en búsqueda, cercano y abierto al encuentro. Nos manifiesta esto en el encuentro con la samaritana; nos sucede lo mismo con Nicodemo o cuando al ciego le pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Cristo nos muestra que Dios es proximidad, compasión y ternura.
Tratemos de repetir en la vida estas mismas actitudes en nuestras familias, trabajos, con los amigos y en el apostolado que vamos realizando en parroquias y capillas. Hagamos cercana y creíble nuestra fe, repitiendo los gestos de Jesús.
Jesús nos invita a confiar en Él. Nos dirá: “Ten confianza… ¿por qué dudaste?”. Por las experiencias, a veces negativas de la vida, quizá dudamos de las personas, pero nunca dudemos de Jesús. Que ni nuestros pecados nos hagan dudar de su amor y misericordia. No olvidemos que en el Evangelio se nos cuenta cómo se sentó a comer con los pecadores y cómo dejó lavar sus pies por una mujer despreciada por todos. Él es misericordia.
En el Evangelio se nos habla en varias ocasiones de la mirada de Jesús. Ella, sin duda, expresa lo que hay en su corazón. Es una mirada limpia, sin malicia. Así miró al joven que quería seguirlo, a los apóstoles cuando los llamó, a su madre cuando era niño y cuando la encontró camino al Calvario. ¡Qué cruce de miradas fue aquel! Será bueno imaginarlo para que así tratemos de repetirlo con quienes nos rodean. Que nuestra mirada sea sincera, que exprese atención, cariño y disponibilidad: “Aquí estoy”.
Las palabras de Jesús muestran lo que hay en lo profundo de su corazón: “De la abundancia del corazón habla la boca”. Sus palabras son de consuelo, de ánimo, de profunda enseñanza, de corrección sincera y de esperanza. A sus palabras contenidas en el Evangelio se suman aquellas palabras susurradas al corazón de cada uno, donde siempre nos invita a estar con Él, a descansar en Él y a permanecer en Él. Que nuestras palabras tengan mucho de esto y que ellas edifiquen y ayuden al bien.
Miremos a Jesús para aprender de Él. Que nuestro ideal sea parecernos a Jesús, teniendo presente que esto es un mandato suyo: “El que me ama hará las mismas cosas que yo hice”. Que los gestos, la mirada y la palabra de Jesús sean los nuestros, para que así entreguemos confianza a los demás y en el mundo pueda haber esperanza.
Que Dios los bendiga.
+Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua