Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
Al llegar el mes de julio, como creyentes nos preparamos para vivir, con renovada fe y esperanza, la Novena y Fiesta de la Virgen del Carmen. En nuestra diócesis, son muchísimas las parroquias y capillas consagradas a su protección, y aún más las familias que la veneran con especial cariño. Este año, la festividad de la Virgen del Carmen cobra una importancia especial al cumplirse cien años de su Coronación, acontecimiento que, como obispo, los invito a celebrar con particular júbilo y devoción.
Con ocasión de este aniversario, el Comité Permanente del Episcopado Chileno ha publicado una carta y deseo compartir en esta edición de Rumbos, algunos párrafos de ella.
“Al cumplirse cien años de la coronación de la Santísima Virgen del Carmen como Reina y Madre de Chile, nuestro corazón se eleva en acción de gracias a Dios. Este Centenario no es solamente memoria de un acontecimiento pasado, sino una invitación a reconocer una presencia viva que sigue acompañando a nuestra patria. La historia de Chile, en sus momentos de luz y de prueba, ha estado marcada por la cercanía maternal de María, signo de consuelo, unidad y esperanza para nuestro pueblo.
La solemne coronación del 19 de diciembre de 1926, realizada por el Delegado Papal, el arzobispo Aloisio Masella, nuncio apostólico en Chile, por mandato del papa Pío XI, fue la expresión visible de una fe profundamente arraigada en el alma nacional.
La advocación del Carmen hunde sus raíces en el Monte Carmelo, donde el profeta Elías contempló la pequeña nube que anunciaba la lluvia salvadora (cf. 1 Re 18,44). La tradición cristiana ha visto en esa nube una figura de María, portadora de Cristo. María aparece como aquella en quien la humanidad recibe el don de la vida nueva.
Esta devoción llegó tempranamente a nuestra patria y echó raíces profundas en la vida del pueblo. Durante la época colonial, la Virgen del Carmen fue invocada en los hogares, en las comunidades religiosas y en la vida social, configurando una identidad cristiana que marcaría el desarrollo de Chile. En esta tradición florecieron frutos de santidad, como santa Teresa de los Andes, que encarnó la espiritualidad carmelitana en su entrega total a Cristo. La presencia de los monasterios carmelitas a lo largo del país, desde temprana época, es una expresión viva de esta espiritualidad.
En el momento decisivo de la independencia, la Virgen del Carmen ocupó un lugar central en la conciencia del pueblo y de los hombres y mujeres que condujeron el proceso de emancipación. En la víspera de la batalla de Maipú, en abril de 1818, los patriotas se encomendaron a Ella para alcanzar el triunfo, y el Libertador Bernardo O’Higgins la proclamó Patrona y Generala de las Armas Chilenas, prometiendo levantar un templo en su honor. Hoy, en Maipú, se levanta el Templo Nacional de la Virgen del Carmen, centro de la devoción mariana del país. Así, el nacimiento de la patria quedó sellado por un acto de confianza en Dios bajo el amparo de la Virgen del Carmen.
Esta presencia maternal se ha expresado a lo largo del tiempo en las formas vivas de la piedad del Pueblo de Dios: el rezo del Santo Rosario, el Mes de María, la Novena a la Inmaculada Concepción, el uso del Escapulario del Carmen, las procesiones y peregrinaciones, los bailes religiosos, entre otros.
Sin embargo, el sentido más profundo de la devoción mariana es conducirnos a Cristo. María no se detiene en sí misma, sino que orienta hacia su Hijo. Su palabra en Caná permanece como una invitación permanente: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5).
Nuestro país enfrenta desafíos profundos: la secularización, la pérdida del sentido de Dios y las divisiones que amenazan la unidad social y la convivencia cívica. En este contexto, invitamos a mirar e invocar a Ella, la Madre que convoca, guía y protege.
Este Centenario debe ser para nosotros un tiempo de gracia y renovación. Estamos llamados a redescubrir la vida sacramental, fortalecer la oración en familia, reavivar las devociones marianas y asumir con renovado ardor la misión evangelizadora. Es tiempo de volver a Cristo de la mano de María, para que nuestro país recupere la fuerza de su fe y la unidad de su espíritu. La historia de Chile no se comprende sin la Virgen del Carmen. Ella ha estado presente en los momentos fundacionales, en las pruebas y en las esperanzas del pueblo. Hoy, como ayer, nos invita a confiar en Dios y a caminar unidos.
Hagamos nuestras las palabras de san Bernardo, que resuenan con especial fuerza en este tiempo: «En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María… no te apartes de Ella y no errarás».
En el marco de este Centenario, la Iglesia ofrece a los fieles el don de las indulgencias, como expresión concreta de la misericordia de Dios que, en Cristo, no solo perdona el pecado, sino que sana también sus consecuencias. La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa, que el fiel obtiene por mediación de la Iglesia, administradora del tesoro de los méritos de Cristo y de los santos (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1471).
En cada diócesis, el obispo ha designado templos jubilares en los cuales los fieles podrán ganar la indulgencia plenaria mediante una peregrinación o una visita piadosa, vividas con espíritu de fe y conversión. Las condiciones habituales para obtener la indulgencia plenaria son: la confesión sacramental, la comunión eucarística, la oración por las intenciones del Sumo Pontífice y el desapego de todo pecado, incluso venial. En la diócesis de Rancagua, cada decanato ha designado su iglesia jubilar ((Parroquia Nuestra Señora del Carmen, Graneros; Parroquia Nuestra Señora del Monte Carmelo, Rancagua; Parroquia Asunción de María, Quinta de Tilcoco; Parroquia Inmaculada Concepción, Peumo; Parroquia Nuestra Señora del Carmen, San Fernando; Parroquia Sagrada Familia, Palmilla: Santuario Nuestra Señora del Carmen, San José del Carmen de El Huique). Asimismo, en la fiesta del 16 de julio y en el Día de la Oración por Chile también se podrá obtener la indulgencia en los lugares donde se celebre la fiesta respectiva.
A estas condiciones se añade la realización de una obra indulgenciada, como la participación en la santa Misa, la adoración eucarística, el rezo del Santo Rosario u otro ejercicio piadoso, especialmente en honor de la Santísima Virgen María. Los fieles que, por enfermedad, edad avanzada u otra causa grave, se encuentren impedidos de acudir a estos lugares, podrán igualmente ganar la indulgencia si, unidos espiritualmente a las celebraciones jubilares, ofrecen a Dios sus oraciones, sufrimientos o limitaciones, con el sincero propósito de cumplir las condiciones habituales en cuanto les sea posible. Asimismo, este don puede aplicarse en sufragio por los fieles difuntos, como expresión de la comunión de los santos y de la caridad que une a la Iglesia peregrina con aquellos que se purifican en espera de la gloria eterna.
De este modo, este Centenario se presenta como un tiempo privilegiado para acoger la gracia del perdón, renovar la vida cristiana y avanzar hacia una comunión más plena con Cristo, bajo la protección de la Virgen del Carmen.
Al entregar esta carta al Pueblo de Dios que peregrina en nuestro país, elevamos una profunda acción de gracias por el amor filial que los fieles profesan a nuestra Madre, Reina y Patrona de Chile. Expresamos, de modo particular, nuestro reconocimiento a las comunidades y grupos que, a lo largo de todo el país, cultivan con sincero fervor la devoción mariana y depositan en Ella una confianza plena y perseverante. Los alentamos a continuar difundiendo y viviendo la espiritualidad que brota de la confianza de los hijos en la Madre, con la esperanza de que esta piedad mariana conduzca siempre a un amor más profundo a Cristo, su Hijo, hermano nuestro y Salvador.
Queridos hermanos y hermanas: pongamos nuevamente nuestra patria bajo el manto de la Virgen del Carmen. Sea este Centenario de su coronación no solo un recuerdo, sino un impulso para seguir con fidelidad nuestro discipulado misionero del Señor, con una mirada llena de esperanza hacia el futuro.
La Virgen Santa nos conduzca a su Hijo Jesucristo y nos enseñe a vivir en la fe, la esperanza y la caridad, forjando, con su intercesión, un país que camine decididamente hacia la paz, la unidad y la justicia.
¡Virgen del Carmen, Reina de Chile, salva a tu pueblo que clama a ti!”
Queridos hermanos y hermanas, vivamos con gran fe este tiempo de gracia y esta fiesta de la Virgen del Carmen. Inculquemos en los niños y jóvenes, en las nuevas generaciones, ese mismo amor que nuestros mayores nos enseñaron, para que la fe vivida nos ayude a construir ese Chile de hermanos que todos anhelamos. No olvidemos que Dios nos ama siempre, pero nos sueña mejores.
Dios les bendiga.
+ Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua