Muy queridos hermanos y hermanas:
Esta semana que vamos a vivir está marcada por dos fechas muy importantes para nosotros, los cristianos católicos.
Este lunes 13 de julio vamos a celebrar a Santa Teresa de los Andes y, el jueves 16, celebraremos la Solemnidad de la Virgen María del Monte Carmelo, la Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile.
Por eso, en el marco de estas dos festividades, quiero compartir con ustedes y recordar lo que el Papa San Juan Pablo II nos dijo cuando visitó Chile, el año 1987. En esa ocasión, en el Parque O'Higgins, beatificó a Teresa de los Andes. Hoy, esta hija predilecta de la Iglesia chilena, Sor Teresa, es ensalzada a la gloria de los altares en la patria que la vio nacer.
El Pueblo de Dios peregrino encuentra en ella una guía para su caminar hacia la meta de la Jerusalén celestial.
Teresa de los Andes, una joven chilena, símbolo de la fe y de la bondad de este pueblo.
Una carmelita arrebatada para el Reino de los Cielos en la primavera de su vida.
Una primicia de santidad del Carmelo Teresiano en América Latina.
En sus breves escritos autobiográficos nos ha dejado el testamento de una santidad sencilla y accesible, centrada en lo esencial del Evangelio: amar, sufrir, orar y servir.
Teresa de los Andes era una joven abierta a Dios
Ella experimentó, desde muy niña, la gracia de la comunión con Cristo, que se fue desarrollando progresivamente con el encanto de su juventud, llena de vitalidad y de jovialidad, en la que no faltó, como hija de su tiempo, el sentido del sano esparcimiento y del deporte, ni el contacto con la naturaleza.
Era una joven alegre y dinámica, una joven abierta a Dios. Y Dios hizo florecer en ella el amor cristiano, abierto y profundamente sensible a los problemas de su patria y a las aspiraciones de la Iglesia.
Para ella, Dios era alegría infinita. He ahí el nuevo himno del amor cristiano que brota espontáneamente del alma de esta joven chilena, en cuyo rostro glorificado adivinamos la gracia de la transformación en Cristo, en virtud de ese amor que es comprensivo, servicial, humilde y paciente. Un amor que no destruye los valores humanos, sino que los eleva y transfigura.
Sí, como dice Teresa de los Andes, “Jesús es nuestro gozo infinito”. Por eso, la nueva beata es un modelo de vida, según el Evangelio, para la juventud de Chile. Ella llegó a practicar con heroísmo las virtudes cristianas. Transcurrieron los años de su adolescencia y de su juventud en los ámbitos normales de una joven de su tiempo: En su vida de cada día se ejercitó en la piedad y en la colaboración eclesial como catequista, en la escuela, entre sus amigos y amigas., en las obras de misericordia y en los momentos de solaz y recreo. Sabía vivir siempre muy unida al Señor.
Su vida ejemplar se reviste de humanismo cristiano, con el sello inconfundible de la inteligencia viva, de la delicadeza premurosa y de la capacidad creadora del pueblo chileno. En ella se expresan el alma y el carácter de esta patria nuestra, y la perenne juventud del Evangelio de Cristo, que entusiasmó y atrajo a Sor Teresa de los Andes.
Ella es feliz; es la persona que ha hecho de las bienaventuranzas del Evangelio el centro de su vida y que las ha vivido con intensidad heroica. De esta forma, habiendo puesto en práctica las bienaventuranzas, encarnó en su vida el ejemplo más perfecto de la santidad, que es Cristo.
En efecto, Teresa de los Andes irradia la dicha de la pobreza de espíritu, la bondad y mansedumbre de su corazón, y el sufrimiento escondido con que Dios purifica y santifica a sus elegidos.
Dios le concedió, además, gustar el gozo sublime de vivir anticipadamente en la tierra la bienaventuranza y la alegría de la comunión con Dios en el servicio al prójimo.
Este es su mensaje: “solo en Dios se encuentra la felicidad. Solo Dios es alegría infinita”. Por eso, que los jóvenes de Chile descubran en Sor Teresa la alegría de vivir la fe cristiana hasta sus últimas consecuencias. A ella hay que tomarla como modelo.
Así habló San Juan Pablo II de Sor Teresa cuando la beatificó aquí, en medio nuestro, y nos la propone como ejemplo para todos nosotros, los cristianos, y de manera especial para los jóvenes.
Ella fue una joven alegre, servicial y catequista; una joven que visitaba los conventillos de su tiempo para llevar un poco de ayuda y de esperanza; una joven que también sufrió junto a su familia, pero que vivió siempre muy unida al Señor, a la Eucaristía y a la oración. Fue una joven deportista y alegre, que llevaba esperanza, paz y alegría a quienes les tocó compartir la vida con ella.
Que, al celebrar a Santa Teresa de los Andes, santa querida por todos nosotros, aprendamos a vivir el Evangelio de manera sencilla y a traducirlo en las obras de cada día. Y que por intercesión de Santa Teresa de los Andes y por medio de su oración por Chile y por toda su gente, Dios bendiga a nuestra patria.
+Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua