Palabras del Pastor

Transmitir la fe: una misión que nos compromete a todos

La transmisión de la fe es una tarea de toda la comunidad cristiana, llamada a anunciar el amor de Jesucristo mediante el testimonio, la acogida y la cercanía con los más necesitados. “La tarea del cristiano ha de ser anunciar que Dios nos ama” nos recuerda el obispo de Rancagua, monseñor Guillermo Vera.

La Santa Sede ha promulgado un documento que nos invita a todos a proclamar la fe que tenemos, de manera que muchos conozcan al Señor y lo sigan. El texto comienza con aquellas palabras del Señor: «Vengan a mí cuando estén cansados y agobiados», mostrándonos así que, en medio de todas las preocupaciones que nos acechan, solo Él, Jesús, es quien nos reconforta y llena de esperanza.

San Pablo nos advierte: ¿Cómo va a creer la gente si no hay nadie que enseñe? ¿Y quién va a enseñar si no se siente enviado? Vemos aquí la importancia de transmitir la fe, de mostrar la alegría de creer, porque no es lo mismo una vida con Dios que sin Él; no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo; no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra.

Esta posibilidad de mostrar al Señor y su gracia, algo que se transmitía en la familia junto con la leche materna, hoy ya no es tan habitual. El documento constata que el relevo generacional de la fe de padres a hijos ha dejado de producirse de manera automática o por simple costumbre social. También nos pone en guardia frente a la idea de que limitar los esfuerzos de la Iglesia exclusivamente a la catequesis de niños y adolescentes ya no es efectivo en la sociedad contemporánea. Hay que continuar con la enseñanza a los adultos y mayores, acompañarlos en la vivencia de la fe y animarlos, para que se sientan, en primer lugar, amados por Dios, y para que esa experiencia los impulse a luchar cada día por ser más fieles y acoger, con toda la voluntad del corazón, las exigencias del Evangelio.

Se nos invita a no olvidar que lo primero que debemos anunciar los cristianos es el kerygma, es decir, el anuncio fundamental: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte y ahora está vivo a tu lado cada día». Esta verdad es la que ha de transformar a las personas: saberse amadas y salvadas. El encuentro personal con Cristo debe ser el punto de partida que transforme la existencia.

La tarea del cristiano ha de ser anunciar que Dios nos ama, que su existencia no es una amenaza para nadie, que Él está siempre cerca, que nos acompaña en la tribulación y nos alienta en las pruebas. Los cristianos debemos ser portadores de buenas noticias y no profetas de desventuras.

Ante esta tarea, debemos asumir y revalorizar a las familias como el «primer tabernáculo», donde se habla el «dialecto del amor», y potenciar a las comunidades eclesiales locales —parroquias, capillas y colegios— como espacios de acogida, testimonio y amistad. Junto con esto, debemos dar importancia a los procesos de acompañamiento y formación para adultos y conversos, entendiendo que la fe requiere una opción libre y madura.

Nuestra fe se hace atractiva mediante la cercanía a los más necesitados. La opción preferencial por los pobres y la cercanía hacia ellos son expresiones inseparables del anuncio cristiano. También en la tarea de anunciar la fe se ha de dar importancia a la música, el arte y la liturgia, no como simples adornos estéticos, sino como herramientas misioneras que actúan por atracción allí donde las palabras no bastan.

Grande es la tarea que tenemos todas las comunidades cristianas. No debemos olvidar que la fe crece por atracción y no por imposición, y que la gente debe vernos felices como creyentes y deseosos de que otros conozcan a Jesús y quieran servirlo, porque conocer a Jesús es el mejor regalo; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos puede haber pasado en la vida, y darlo a conocer ha de ser nuestra alegría.

Como diócesis, asumamos la tarea de atraer a muchos al Señor para que tengan vida y vida en abundancia.

Dios les bendiga.

 

+Guillermo Vera Soto

Obispo de Rancagua