
Muy queridos hermanos y hermanas:
Durante el mes de agosto que ya comenzamos a vivir, en el calendario de la Iglesia recordamos a varios sacerdotes santos. Comenzamos el mes celebrando a San Alfonso María Ligorio, luego seguirá a San Pedro Julián Eymard; San Juan María Vianney, patrono de los párrocos, el querido Cura de Ars; San Cayetano; Santo Domingo; San Maximiliano María Kolbe; San Alberto Hurtado, un santo chileno tan querido para todos nosotros; San Juan Eudes, de San Bernardo; San Pío X; San José de Calasanz; San Agustín, sacerdotes que ejercieron en distintos momentos de la historia y vivieron su ministerio de servicio al Señor y a la Iglesia.
Por eso les invito a que junto a los hermanos sacerdotes que trabajan en esta Diócesis de Rancagua, podamos meditar, escuchando al Papa León XIV que, reunido con seminaristas y sacerdotes, nos animaba a vivir nuestro ministerio sacerdotal con especial alegría y entrega.
Les animo a que podamos hacer nuestro lo que el Papa nos dice a los sacerdotes; y a ustedes, hermanos y hermanas, que tanto quieren a sus curas, los acompañan, valoran su consagración y su vida entregada, a que también puedan admirarse de la grandeza del Ministerio sacerdotal y nos animen a todos a vivirlo con mayor entrega y generosidad. Para eso, contamos con su oración, con su compañía, con su comprensión, con su perdón, con el cariño que siempre saben darnos.
En este mes de agosto y cuando celebramos de manera especial al Cura de Ars, patrono de los párrocos, agradezcamos por la vida de cada sacerdote que hemos conocido y compartido en la vida, por los que ya no están con nosotros y por aquellos que hoy están trabajando y acompañándonos en el camino de la fe. Demos gracias por su ministerio.
Recemos por ellos y pidamos insistentemente al Señor que regale a toda su Iglesia y a nuestra Diócesis de Rancagua, especialmente en este año de su centenario, abundantes vocaciones a la vida sacerdotal.
Demos gracias al Señor por los sacerdotes que nos da y admirémonos con ellos de la grandeza del Ministerio que hemos recibido.
DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO INTERNACIONAL SACERDOTES FELICES (fragmento)
“Es para mí una gran alegría estar hoy aquí con ustedes. En el corazón del Año Santo, juntos queremos dar testimonio de que es posible ser sacerdotes felices, porque Cristo nos ha llamado, Cristo nos ha hecho sus amigos (cf. Jn 15,15); es una gracia que queremos acoger con gratitud y responsabilidad.
Las palabras de Jesús: «Yo los llamo amigos» (Jn 15,15) no sólo son una declaración afectuosa hacia los discípulos, sino una auténtica clave para comprender el ministerio sacerdotal. El sacerdote, de hecho, es un amigo del Señor, llamado a vivir con Él una relación personal y confidencial, alimentada por la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración diaria. Esta amistad con Cristo es el fundamento espiritual del ministerio ordenado, el sentido de nuestro celibato y la energía del servicio eclesial al que dedicamos nuestra vida; nos sostiene en los momentos de prueba y nos permite renovar cada día el “sí” pronunciado al inicio de la vocación…
la fraternidad es un estilo esencial de la vida presbiteral. Convertirse en amigos de Cristo implica vivir como hermanos entre sacerdotes y entre obispos, no como competidores o de forma individualista. La formación debe ayudar a construir vínculos sólidos en el presbiterio como expresión de una Iglesia sinodal, en la que se crece juntos compartiendo las fatigas y las alegrías del ministerio. De hecho, ¿cómo podríamos nosotros, ministros, ser constructores de comunidades vivas, si no reinara ante todo entre nosotros una fraternidad efectiva y sincera?...
Quisiera decir también unas palabras sobre las vocaciones. A pesar de los signos de crisis que atraviesan la vida y la misión de los presbíteros, Dios sigue llamando y permanece fiel a sus promesas. Es necesario que haya espacios adecuados para escuchar su voz. Por eso son importantes los ambientes y las formas de pastoral juvenil impregnadas del Evangelio, donde puedan manifestarse y madurar las vocaciones a la entrega total de sí. ¡Tengan el valor de hacer propuestas fuertes y liberadoras! Al mirar a los jóvenes que en nuestro tiempo dicen su generoso “aquí estoy” al Señor, todos sentimos la necesidad de renovar nuestro “sí”, de redescubrir la belleza de ser discípulos misioneros en el seguimiento de Cristo, el Buen Pastor.
Queridos hermanos, celebramos este encuentro en la víspera de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús: es de esta “zarza ardiente” de donde proviene nuestra vocación; es de esta fuente de gracia de donde queremos dejarnos transformar.
La Encíclica del Papa Francisco Dilexit nos, si bien es un don precioso para toda la Iglesia, lo es de manera especial para nosotros, los sacerdotes. Esta nos interpela con fuerza, nos pide que custodiemos juntos la mística y el compromiso social, la contemplación y la acción, el silencio y el anuncio. Nuestro tiempo nos desafía, muchos parecen haberse alejado de la fe, pero en lo profundo de muchas personas, especialmente de los jóvenes, hay sed de infinito y de salvación. Muchos experimentan como una ausencia de Dios, pero cada ser humano está hecho para Él, y el designio del Padre es hacer de Cristo el corazón del mundo.
Por eso queremos recuperar juntos el impulso misionero. Una misión que propone con valentía y amor el Evangelio de Jesús. A través de nuestra acción pastoral, es el Señor mismo quien cuida de su rebaño, reúne a los dispersos, se inclina sobre los heridos, sostiene a los desanimados. Imitando el ejemplo del Maestro, crecemos en la fe y nos convertimos así en testigos creíbles de la vocación que hemos recibido. Cuando uno cree, se nota, la felicidad del ministro refleja un verdadero encuentro con Cristo, que lo sostiene en la misión y en el servicio.
¡Gracias a ustedes que han venido desde lejos! Gracias a cada uno por su entrega cotidiana, especialmente en los lugares de formación, en las periferias existenciales y en los lugares difíciles, a veces peligrosos. Al recordar a los sacerdotes que han dado su vida, incluso hasta derramar su sangre, renovamos hoy nuestra disponibilidad a vivir sin reservas un apostolado de compasión y alegría.
¡Gracias por lo que son!, porque recuerdan a todos que es hermoso ser sacerdotes, y que cada llamada del Señor es ante todo una llamada a su alegría. No somos perfectos, pero somos amigos de Cristo, hermanos entre nosotros e hijos de su tierna Madre María, y esto nos basta.
Dirijámonos al Señor Jesús, a su Corazón misericordioso que arde de amor por cada persona. Pidámosle la gracia de ser discípulos misioneros y pastores según su voluntad: buscando a los que están perdidos, sirviendo a los pobres, guiando con humildad a los que nos han sido confiados. Que su Corazón inspire nuestros planes, transforme nuestros corazones y nos renueve en la misión”.
¡Que Dios los bendiga!
+Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua