Vacaciones, un tiempo para dejarse acompañar por una buena lectura

Miércoles 31 de Diciembre del 2025
• El verano se presenta como una oportunidad privilegiada para descansar, renovar energías y también para nutrir el espíritu. Con ese propósito, el padre Humberto Palma nos comparte una selección de libros que invitan a reflexionar, crecer y disfrutar. Estas recomendaciones buscan acompañarnos en este tiempo de pausa, abriendo caminos para encontrarnos con buenas historias y lecturas que inspiran.
 
MIL COSAS, de Juan Tallón, Ed. Anagrama, 2025.
Ambientada en la actual Madrid, y en tal solo 152 páginas, Juan Tallón describe un día casi interminable en la vida de Travis y Anne. Una joven pareja urbana que lucha por sobrevivir al caos de lo cotidiano: el trabajo sin pausa, las mil cosas que apremian, un hijo pequeño a medio cuidar, correos que no esperan y un calor que parece derretir los minutos.
La narración sigue su jornada con un ritmo endiablado, como si la prosa imitara la ansiedad misma, construyendo un relato que es a la vez prosa y maquinaria de relojería.
Lo cotidiano se convierte en drama disfrazado de broma: cada pequeño contratiempo —una llamada, un correo, un error burocrático— se siente como una catástrofe inminente. La tensión crece de forma casi imperceptible hasta que el lector percibe que lo que parecía humor absurdo es un retrato demoledor de la vida moderna.
¿Por qué vale la pena leerla? Porque Mil cosas invita a preguntarse qué merece realmente la pena cuando la vida parece diseñada para no detenerse nunca. Tallón no moraliza, pero sí nos lanza una pregunta: ¿vivimos o simplemente cumplimos listas interminables de cosas y más cosas por hacer?
Por su brevedad, pero también por el tema y la trama termina siendo una metáfora de nuestro tiempo, es decir, de cómo la prisa consume sentido y de cómo lo esencial se esconde bajo el ruido cotidiano.
 
 
 
4 3 2 1, de Paul Auster, Ed. Seix Barral, 2019.
Una obra maravillosa y amena, en la que Paul Auster aborda con profundidad y maestría su gran obsesión: la casualidad, como principio metafísico.
La novela sigue la vida —o mejor dicho, las vidas— de Archibald Isaac Ferguson (el adorable Ferguson), nacido en 1947, judío, estadounidense, hijo de comerciantes, lector voraz.
Auster nos ofrece cuatro versiones posibles de un mismo ser, determinadas por mínimos accidentes: una muerte temprana, una mudanza, un golpe económico, una decisión aparentemente trivial.
El autor nos obliga a preguntarnos ¿qué nos hace ser quiénes somos?, ¿qué parte de nuestra identidad depende de la voluntad y cuál de un semáforo en rojo, de un incendio, de una llamada que no se contesta?
Auster no responde. Solo expone. Y por debajo de sus letras, el lector palpita al ritmo de La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.
La casualidad no es un mero contrapunto al destino, sino la rendija de lo sagrado, la rendija por donde se nos cuela Dios.
Auster parece decirnos —con una calma casi bíblica— que: lo inmaculado no entra por los grandes portales, sino por las grietas.
Un padre que muere antes o después.
Un amor que ocurre o no ocurre.
Un libro que se lee a los quince o a los veinte.
Ahí, en esa diferencia imperceptible, se decide una vida.
No hay providencia explícita, pero hay misterio.
No hay ángeles, pero hay orden secreto.
No hay dogma, pero sí asombro.
Y el asombro, ya lo sabemos, es la antesala de Dios.
¿Por qué leer 4 3 2 1? Porque es una forma de aceptar que la vida no es una línea, sino un haz de posibilidades, y que lo sagrado no siempre se impone: a veces susurra, entra por una rendija, se esconde en lo que pudo haber sido y no fue.
Y, aun así, basta.
Pero también porque no todo es dato. Hoy vivimos atrapados bajo una montaña de datos que se apilan sin ninguna conexión entre ellos; atiborrados de información que no arroja ninguna verdad, y de eventos que superponen en las pantallas como si fueran cartas de una baraja infinita. En esos datos no hay verdad.  Son gritos mudos y sordos. En cambio, la casualidad nos habla.
Por eso, leer 4 3 2 1 es también soñar con las miles de posibilidades que se despliegan ante nuestros ojos apenas los abrimos al amanecer. 
 
La vegetariana, de Han Kang (Premio Nobel), Ed. Anagrama, 2016.
La mayoría de las novelas cuentan una historia. La vegetariana, en cambio, desprende una herida. No se trata del hecho de renunciar a comer carne. Lo que hace Han Kang es profundizar la insurrección más radical posible: la del cuerpo contra el mundo que lo ha domesticado.
Yeong-hye, la protagonista, es una mujer común. Tan común que resulta invisible. Esposa obediente, silenciosa, funcional. Hasta que una noche tiene un sueño —no un trauma explícito, no un recuerdo—, un sueño de sangre. Y al despertar decide no comer carne. Nada más. Nada menos. Ese gesto mínimo desencadena una catástrofe.
La novela se articula en tres movimientos, narrados siempre desde fuera de ella:
El marido, que no la ama.
El cuñado, que la erotiza.
La hermana, que intenta salvarla.
Yeong-hye casi no habla. Resiste.
Y en esa resistencia muda, el mundo revela su violencia estructural.
¿Por qué vale la pena leer La vegetariana? Porque nos confronta con temas de profunda actualidad: el control del cuerpo femenino, la violencia normalizada, la imposibilidad de la pureza en un mundo carnívoro, y el precio de negarse a participar.
No ofrece consuelo.
No ofrece redención.
Ofrece lucidez.
Y la lucidez, a veces, es lo único que queda.
Si en Auster la casualidad es la rendija por donde entra lo sagrado, en Han Kang lo sagrado entra como una negativa absoluta.
No como gracia, sino como límite.
No como luz, sino como blanqueamiento final.
La vegetariana no te pide que la entiendas.
Te pide que la mires sin apartar la vista.