TRIGO PARA LA COSECHA

Sábado 31 de Enero del 2026
Columna del padre José M. Ortiz.

 

Mons. Miguel Caviedes Medina (Padre Obispo, como le gustaba que lo llamaran), en su paso por la tierra —llamado a la Casa del Padre en torno a la Navidad— nos deja una profunda huella, acogida como “testigos y herederos”, que se puede desglosar en varias partes. Sin embargo, me referiré solo al capítulo de mi experiencia en el encuentro con el sacerdote sabio y sencillo, a través de la Catequesis, actividad en la cual compartimos mayormente.

Cuando desapareció en la montaña su hermano Iván, a solicitud del Obispo, el padre Miguel asumió la Catequesis Diocesana, la cual comenzaba su aggiornamento de acuerdo con el Concilio Vaticano II, tarea asumida con alegría y entusiasmo. Pelequén fue el centro de operaciones.

Desde los comienzos habló de “aprender haciendo”. En los cursos y jornadas en las que comencé a participar, enseñaba acerca de actualizar la metodología: pasar del catecismo tradicional a la Catequesis como educación de la fe por medio de la Palabra de Dios, puesta en práctica en la vida personal y comunitaria. Así lo fui conociendo y compartiendo inquietudes.

Revisando apuntes, me reencuentro con una cita del Doctor de la Gracia, san Agustín de Hipona, que más de una vez, ante los problemas y crisis, reflexionamos y cito: “No nos retiremos de la Iglesia porque veamos la cizaña en ella. Únicamente hemos de esforzarnos en ser nosotros trigo”.

¡Y qué trigo fue don Miguel!…

Con maestría supo combinar lo humano con lo divino. A las enseñanzas de la fe les ponía el sabor de la cultura campesina adquirida en las tierras coltauquinas; así, entre temas y lecciones, añadía sus anécdotas y chistes, anotados en una libreta que después compartía en los grupos. Recordaba que en el Seminario de Santiago era reconocido el clero rancagüino y sus estudiantes como huasos, y cuando la familia los visitaba recibían “chancho, chicha y chaleco”, pero replicaban diciendo: “Pero en los certámenes nunca quedamos como chaleco de mono”.

Como Director Diocesano de Catequesis, tuvo muy presente la espiritualidad sinodal. Formó el Equipo Diocesano con representantes laicos de los seis decanatos; allí me tocó participar. En reuniones mensuales nos daba un tema de reflexión; luego, en conjunto, evaluábamos y programábamos las actividades, terminando con el tradicional tecito.

El sentido misionero siempre estuvo muy presente en su acción pastoral. En su citroneta, a la que llamaba “La Pilintruca”, visitaba continuamente las parroquias y comunidades con sus catequistas. Así se logró implementar la Catequesis Familiar, que se estrenaba en la Iglesia chilena, llegando a la mayoría de las parroquias. La Oficina Nacional de Catequesis (ONAC) reconoció el esfuerzo realizado en la diócesis; con sencillez decía: “Es la mano de Iván”.

Su pasión era la educación, implementada con sus escritos como Dinámicas de grupo, La Palabra de Dios, Ministros laicos, Sexo y amor, Hacia las diaconías, etc., con los cuales prestó un gran servicio en la formación de generaciones de jóvenes, como los integrantes de la JEC (Juventud Estudiantil Católica), y de tantos catequistas, de los cuales soy uno más que, por gracia de Dios, una vez ordenado sacerdote, me correspondió suceder en el cargo de “mi profe” como Director Diocesano de Catequesis.

Solo me queda decir: ¡Deo gratias! Gracias, don Miguel. Gracias porque nos deja lo mejor de su vida como testimonio de amor a Dios y a la Iglesia…

¡Trigo de pura calidad!

 

Mons. José Miguel Ortiz