
El verano nos regala un ritmo distinto, más sereno, que abre la posibilidad de descansar y renovar fuerzas. Es también un tiempo propicio para cuidar la vida interior y dejarnos interpelar por historias que tocan el corazón. Con este espíritu, el padre Humberto Palma comparte una selección de películas que ayudan a reflexionar, compartir con otros y disfrutar a la luz de historias que nos hacen cuestionarnos.
Un vecino gruñón (A Man Called Otto, 2022, dir. Marc Foster).
Un vecino gruñón es un relato sencillo —casi obstinadamente sencillo— sobre un hombre que ha sobrevivido a todo… menos a la pérdida del sentido. Otto Anderson (Tom Hanks) no es solo cascarrabias: es un viudo, un jubilado forzado, un hombre al que el mundo moderno ha desalojado sin pedir permiso.
La película comienza donde muchas evitan mirar: cuando la vida parece ya haber dicho todo lo que tenía que decir. Y, entonces, lo único que resta es caminar hacia la muerte.
Otto es orden, norma, manual de instrucciones. Vive en un barrio que cambia demasiado rápido para su corazón antiguo. Corrige, reprende, mide, controla. No porque sea cruel, sino porque el control es lo último que le queda.
La muerte de su esposa lo ha dejado sin centro de gravedad.
Y cuando el amor se va, la rigidez ocupa su lugar.
Tom Hanks compone a Otto sin caricatura: seco, incómodo, contenido. No busca simpatía inmediata. Y eso le da verdad al personaje.
De repente, todo cambia para Otto. Una familia recién llegada —ruidosa, caótica, vital— se convierte en la grieta por donde entra la vida. No a lo grande. No con discursos. Sino con favores pequeños, interrupciones constantes, necesidades concretas.
Como suele ocurrir, la salvación no llega como idea, sino como molestia.
Otto no cambia porque entienda algo.
Cambia porque lo necesitan.
Y ahí hay una verdad profundamente humana —y, si se quiere, teológica—: el sentido no se recupera mirando hacia dentro, sino siendo reclamado desde fuera.
Un vecino gruñón nos recuerda algo elemental y olvidado: que nadie se salva solo, que incluso los más hoscos guardan una ternura en reserva, y que a veces Dios —o la vida— no entra por revelaciones, sino por la vecina que toca la puerta cuando menos lo deseas.
La mula (The Mule, 2018, dir. Clint Eastwood).
La mula es una película tardía en la filmografía de Clint Eastwood, crepuscular, hecha con la serenidad de quien sabe que está mirando el mundo desde el borde del camino.
Earl Stone (el personaje principal) no es un héroe.
Ni siquiera es simpático.
Es un hombre viejo que llegó tarde a todo.
Earl fue un horticultor exitoso, carismático, talentoso. Pero mientras cultivaba flores, dejó morir sus vínculos. No estuvo cuando su hija lo necesitó. No estuvo cuando su matrimonio se quebró. No estuvo cuando la vida pedía presencia y no aplausos.
Y cuando el mundo cambia —cuando la tecnología, el mercado y el tiempo lo dejan atrás— Earl queda solo. Sin dinero. Sin familia. Sin lugar.
Entonces acepta un trabajo absurdo: conducir.
No sabe —o no quiere saber— qué transporta.
Y cuando lo sabe, ya es tarde.
La mula es una película de carreteras, pero también de desplazamientos interiores. Earl cruza Estados Unidos llevando droga para un cartel mexicano, y en ese viaje tardío comienza a hacer algo que nunca supo hacer bien: detenerse.
Ayuda a desconocidos.
Escucha historias ajenas.
Llega a tiempo, por primera vez.
La paradoja es cruel y hermosa:
solo cuando su vida se vuelve moralmente indefendible,
Earl empieza a vivir éticamente.
Esta es una película sobre llegar tarde —y a quién no le ocurre lo mismo—, pero también sobre no mentirse más.
No dice que todo se arregla.
Dice algo más honesto: que incluso cuando ya no hay arreglo, aún hay dignidad.
Y eso, en un mundo que glorifica la juventud, la velocidad y el éxito,
es una forma silenciosa —y poderosa— de belleza.
Frankenstein (2025, dir. de Guillermo del Toro).
Del Toro no filma un relato de horror tradicional. Su propuesta es un drama humano envuelto en ciencia gótica, donde el monstruo y su creador no son arquetipos simples, sino figuras profundamente heridas por su incapacidad de amar y ser amados.
El científico y la criatura: espejo y destino. Victor Frankenstein (Oscar Isaac) es retratado no solo como un científico ególatra, sino como un hombre fracturado por la ambición y la soledad interna. Su impulso por «dominar la vida» no nace del deseo de conocimiento frío, sino de un anhelo desesperado de redención propia.
La Criatura (Jacob Elordi), por su parte, emerge no solo como un engendro de partes cosidas, sino como un ser sensible y consciente de su desposesión: un hijo sin padre, una conciencia sin comunidad. Esta figura es más tragedia que monstruo, más alma herida que amenaza pura. Y, por lo tanto, nos lleva a preguntarnos ¿quién es el verdadero monstruo: la criatura o su creador?
Del Toro convierte el viejo mito en una mirada lírica sobre la soledad humana. No hay monstruo que aterrorice más que la ausencia de amor, y no hay ciencia más inquietante que la que intenta suplantar la piedad.
Su Frankenstein es, en última instancia, la historia de dos criaturas:
una, hecha por manos humanas,
otra, hecha por la desesperación de no haber sido abrazada.
Y ambas, al borde de la pregunta más antigua:
¿Qué significa ser humano?
¿la forma de los cuerpos, o la manera en que se aman?