
Lo dijo nuestro obispo diocesano, monseñor Guillermo Vera, en la misa del centenario de la Diócesis de Rancagua: “Cómo no alegrarnos porque en todo este tiempo de evangelización han salido de las familias de esta diócesis más de 700 sacerdotes, a lo que se suma un número grande de religiosos y religiosas…”. Por ello, nuestro obispo señaló que las familias de esta diócesis son “cuna de fe, escuela de hombres y mujeres cristianos deseosos de anunciar el Reino”. Es de esta misma Iglesia en que han surgido tres nuevas vocaciones a la vida consagrada, cada una de ellas con distinto carisma.
Javier Contreras Marchant. Docente de religión, ministro de comunión y agente pastoral de la Parroquia El Sagrario de Rancagua, este año ha dado un paso significativo en su camino vocacional al ingresar al aspirantado de la Congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón, conocidos como Dehonianos.
“Este año ingresé en un proceso formativo, específicamente al aspirantado de la Congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón (conocida como Dehonianos, pues fue fundada por el Venerable P. León Dehon). Esta comunidad tiene presencia en Chile, y actualmente estoy inserto en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, en San Bernardo”, comenta Javier.
Durante este tiempo, Javier recibirá formación en el Seminario de San Bernardo y participará en la vida comunitaria de la congregación, integrándose a la pastoral de la Parroquia Nuestra Señora de Fátima y también en el Instituto Sagrado Corazón de la misma comuna, obra educativa perteneciente a la Congregación.
Este nuevo ritmo de vida ha significado cambios profundos y desafíos importantes: “Me he sentido muy amado por Jesús y su Sagrado Corazón, acompañado por Él, especialmente en este momento que ha significado un cambio rotundo de ritmo de vida, de estado, de distancia con la familia y de desafíos, tales como vivir con más personas, aprender cosas nuevas y llevar entre todos una parroquia que tiene harto movimiento, una feligresía muy cálida y también, un anhelo de Dios muy grande”.
Javier también destaca el acompañamiento recibido en este proceso: “Me he sentido muy apoyado por sacerdotes de la Diócesis, especialmente por quienes me han visto crecer, y aún más por las oraciones y el apoyo de tantas personas que llevo en el corazón. De mi comunidad parroquial, acompañado por mi párroco, padre Marcelo, y los vicarios padre Hugo y padre Javier. A este último le tengo una gran estima, porque coincidimos en este camino de discernimiento en algunas jornadas vocacionales en el Seminario Cristo Rey”.
Maximiliano Donoso Rodríguez. Con 21 años y una historia marcada por la vida parroquial desde la infancia, Maximiliano Donoso dio un paso decisivo en su vocación religiosa al ingresar oficialmente a la casa de formación Santo Tomás de Villanueva, en Santiago, perteneciente a la Orden de San Agustín. Allí inició sus estudios de Licenciatura en Teología, en el marco de un proceso formativo que contempla tres años de postulantado.
Posteriormente, el itinerario incluye un año de noviciado en Lima, Perú —donde funciona el noviciado internacional agustino— y luego dos años más en Chile, etapa en la que deberá renovar sus compromisos hasta llegar a los votos perpetuos.
La historia vocacional de Maximiliano se remonta a su niñez en la Parroquia San Nicolás de Tolentino, en la comuna de La Estrella. Desde pequeño participó activamente en la iglesia local, acompañando a su abuela —integrante del coro por más de tres décadas— y sirviendo como acólito junto al fallecido padre Iván Mancilla. “Siempre tuve esa inquietud. Desde muy chico preguntaba cómo entrar al seminario”, recuerda.
En 2015 se trasladó a San Fernando, pero nunca perdió el vínculo con su comunidad de origen. Cada fin de semana y vacaciones regresaba para participar en celebraciones, especialmente en Semana Santa, manteniendo viva su inserción pastoral en una localidad con raíces agustinas.
El discernimiento más concreto surgió durante la pandemia, cuando conoció más profundamente el carisma de la Orden de San Agustín. La experiencia de la vida comunitaria, la Liturgia de las Horas y la espiritualidad inspirada en Agustín de Hipona fueron determinantes. “Me enamoré de la fraternidad y de buscar la verdad desde el interior”, afirma.
Tras enviar su solicitud en 2024 y participar en jornadas vocacionales, este año inicia formalmente su formación, convencido de que Dios lo llama a servir en comunidad, “con un solo corazón y una sola alma”.
Rodrigo Andrés Panés Muñoz, tiene 39 años y es seminarista de primer año de la Diócesis de Rancagua. Actualmente reside en el Seminario San Pedro Apóstol de San Bernardo, junto a otros seis jóvenes en proceso de formación hacia el sacerdocio. Su historia vocacional, sin embargo, no responde al molde tradicional, pero podemos decir que se consolida también en nuestra tierra.
Administrador Público titulado en la Universidad de Chile, trabajó varios años como fiscalizador en la Contraloría General de la República. “No fue que toda mi vida quise ser sacerdote. Estudié, trabajé, tuve pololeos largos y proyectos personales”, relata. Pero desde los 14 años la inquietud por la vocación sacerdotal reaparecía en distintas etapas de su vida, siempre acompañada de un hábito constante: misa dominical, oración diaria y retiros espirituales.
El punto de inflexión se produjo en 2018, cuando viajó a España por perfeccionamiento profesional en la Universidad Complutense de Madrid. Allí, en un monasterio durante un retiro, sintió con claridad que debía volver a Chile y tomar una decisión definitiva. “Le pedí al Señor que me mostrara si éste era su camino para mí”, recuerda.
En 2019 ingresó a la vida contemplativa en los trapenses (Monasterio Santa María de Miraflores de La Compañía), donde permaneció cinco años. La experiencia fortaleció su vida litúrgica y teológica, pero también le permitió discernir que su llamado estaba en el ministerio diocesano. Con el acompañamiento de sacerdotes y el respaldo de monseñor Guillermo Vera Soto, inició un nuevo proceso de discernimiento vocacional en Rancagua.
Su experiencia pastoral en la Parroquia Nuestra Señora de La Merced de Doñihue y en instancias de la Pastoral Vocacional confirmó su decisión. “Ver a otros seminaristas, compartir la misión y la liturgia, me dio valentía para dar el paso”, afirma.
Este año inicia formalmente su formación, a la espera de la convalidación académica de estudios en filosofía y teología. “Espero configurarme con Cristo y ser fiel a lo que Él me ha mostrado. Quiero ser santo en lo cotidiano”, concluye.
Una historia que confirma que el Señor sigue llamando en todas las edades y circunstancias.