Cuando Dios se vuelve silencio: notas de la fe en tiempos de ausencia

Martes 02 de Junio del 2026

En el primer número de Rumbos del presente año escribí acerca de uno de los rasgos más significativos del contexto cultural en el que desarrollamos nuestro existir: agnosticismo ambiental. Dije ahí que no se trata, en la mayoría de los casos, de un ateísmo militante ni de una negación teórica de la existencia de Dios, sino de una forma de pensar y vivir en la que Dios, aun admitido como posible o incluso real, permanece ausente de la experiencia cotidiana.
En el segundo número de Rumbos escribí acerca de la presencia de una fe atávica. Se trata de un tipo de fe recibida en muchas personas principalmente por tradición familiar y cultural, transmitida como legado identitario más que como experiencia personal de encuentro con Dios. En este contexto, las expresiones rituales —como la participación irregular en la Santa Misa o la solicitud de bendiciones y otros sacramentales— aparecen como intentos de reestablecer un vínculo con el Dios percibido como distante.
En el número se este mes intento en pocas líneas compendiar los párrafos anteriores.

Síntesis diagnóstica: entre la ausencia práctica de Dios y la fe heredada sin arraigo vital
El contexto cultural en el que se desarrolla nuestra existencia está marcado por una doble realidad estrechamente vinculada: el agnosticismo ambiental y la persistencia de una fe atávica.
Por una parte, el agnosticismo ambiental configura en muchos un modo de vivir en el que Dios no es explícitamente negado, pero sí existencialmente marginado. La vida cotidiana —trabajo, relaciones, decisiones éticas, proyectos personales, — se organiza como si Dios no interviniera ni estuviera implicado en la historia concreta. La trascendencia divina es admitida en teoría, pero no experimentada como presencia viva que ilumina y transforma la realidad.
Por otra parte, en medio de este clima cultural subsiste en muchas personas una fe heredada, transmitida por la tradición familiar y social. Esta fe conserva ritos, símbolos y prácticas —como la participación ocasional en la Eucaristía o la solicitud de bendiciones— que manifiestan una búsqueda sincera de Dios. Sin embargo, cuando no ha sido asumida como encuentro personal y adhesión consciente, corre el riesgo de quedar reducida a expresión cultural o recurso religioso puntual frente a necesidades concretas.
Ambos fenómenos no se contradicen, sino que se complementan: la percepción de un Dios lejano favorece una práctica religiosa esporádica y ritualizada; y la falta de una experiencia viva de fe refuerza la vivencia de un Dios distante. El desafío pastoral, por tanto, no consiste solo en incrementar prácticas religiosas, sino en propiciar un verdadero proceso de encuentro, conversión y maduración de la fe que permita redescubrir a Dios como presencia cercana, actuante y significativa en la historia personal y comunitaria.
Desde esta lectura de la realidad, en los números siguientes de Rumbos, mi reflexión pastoral se orienta a favorecer el paso desde la indiferencia práctica hacia la conciencia de la presencia de Dios en la vida cotidiana, desde la tradición recibida hacia la fe personalmente asumida.

Pbro. Felipe Pardo Fariña
Vicario Pastoral 
Diócesis de Rancagua