Introducción
La sinodalidad constituye uno de los temas centrales de la reflexión actual de la Iglesia católica. Su significado, sin embargo, no siempre resulta sencillo de explicar en una cultura que, aunque conserva profundas raíces cristianas, está fuertemente influenciada por el secularismo, el relativismo y determinadas formas de agnosticismo lingüístico y espiritual.
La dificultad fundamental consiste en que la Iglesia entiende la sinodalidad desde la existencia de una verdad revelada por Dios, mientras que la cultura contemporánea agnóstica tiende, con frecuencia, a considerar que la verdad depende de la experiencia individual y que el lenguaje humano solamente puede aproximarse simbólicamente al misterio.
¿Qué significa sinodalidad?
La palabra sinodalidad, tal como vimos en los números anteriores de RUMBOS, procede del griego syn-hodós, que significa «caminar juntos». Para la Iglesia, no se trata simplemente de democracia, de participación política ni de una búsqueda de consenso entre opiniones diferentes. La sinodalidad expresa una dimensión propia de la vida de la Iglesia: todos los bautizados están llamados a participar, según su vocación y responsabilidad, en la comunión y en la misión de la Iglesia.
Por ello, la sinodalidad implica tres dimensiones inseparables: comunión, participación y misión. Caminar juntos significa escucharse mutuamente, discernir y buscar aquello que el Espíritu Santo pide a la Iglesia.
La dificultad del lenguaje y de la verdad
Aquí aparece uno de los principales desafíos. La fe católica afirma que existe una verdad que no es creada por nosotros, sino que procede de Dios y ha sido revelada al ser humano. El cristianismo sostiene que Dios se ha comunicado y que esa Revelación puede ser recibida, comprendida y transmitida mediante palabras humanas.
En cambio, una cultura influida por el agnosticismo lingüístico puede aceptar la existencia de un Misterio trascendente, pero desconfiar de la posibilidad de formular afirmaciones verdaderas y universalmente válidas acerca de él. El lenguaje religioso pasa entonces a entenderse principalmente como símbolo, experiencia personal o interpretación.
Esto plantea una pregunta decisiva para la sinodalidad: ¿cómo podemos discernir juntos la voluntad de Dios si no aceptamos que el lenguaje puede comunicar una verdad común acerca de Dios?
Sinodalidad y democracia
Otra dificultad consiste en identificar la sinodalidad con la democracia. Cuando se afirma que todos deben participar y ser escuchados, puede surgir la impresión de que la Iglesia pretende simplemente trasladar al ámbito religioso los procedimientos de la política moderna.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental. La democracia busca determinar legítimamente qué decisión puede adoptarse mediante la participación de los ciudadanos. La sinodalidad, en cambio, pretende discernir qué pide Dios a su Iglesia.
Por eso, escuchar a todos no significa afirmar que todas las opiniones poseen necesariamente el mismo valor, ni que la verdad pueda establecerse mediante votación. La sinodalidad católica no consiste en democratizar la verdad, sino en buscar comunitariamente la verdad recibida de Dios.
Misterio, apofatismo y agnosticismo
La tradición cristiana reconoce que Dios es Misterio y que supera infinitamente la capacidad humana de comprenderlo. Sin embargo, afirmar que Dios es incomprensible no significa afirmar que sea incognoscible.
La teología católica mantiene ambas afirmaciones: Dios trasciende nuestros conceptos, pero Dios se ha revelado verdaderamente. Por eso podemos conocer algo verdadero acerca de Él, aunque nunca podamos abarcarlo completamente.
Esta distinción resulta esencial en una cultura que puede confundir el respeto por el Misterio con la imposibilidad de conocer la verdad. El reconocimiento de los límites del lenguaje no debe conducir necesariamente al agnosticismo.
El desafío para la Iglesia
El verdadero desafío de la sinodalidad consiste, por tanto, en mantener un equilibrio delicado: escuchar a todos sin caer en el relativismo y afirmar la verdad sin dejar de escuchar a las personas.
La Iglesia debe escuchar porque cada bautizado posee una responsabilidad en la vida eclesial y porque el Espíritu Santo actúa en todo el Pueblo de Dios. Pero debe también discernir, porque las experiencias y opiniones personales no constituyen por sí mismas la Revelación.
En este sentido, la dificultad contemporánea para comprender la sinodalidad es, en gran medida, una dificultad hermenéutica. Antes de preguntarnos cómo debe organizarse una Iglesia sinodal, es necesario preguntarnos qué entendemos por verdad, Revelación, lenguaje, conciencia, tradición y discernimiento.
Conclusión
La sinodalidad solamente puede comprenderse plenamente desde la perspectiva cristiana de un Dios que se revela y que llama a su Pueblo a caminar unido hacia la verdad. Su fundamento no es simplemente el consenso humano, sino la comunión en una verdad que precede a todos y que, al mismo tiempo, invita a todos a participar en su búsqueda y comprensión.
Por ello, el gran desafío de la Iglesia en la cultura contemporánea consiste en explicar que el Misterio de Dios no elimina la posibilidad de la verdad; por el contrario, la Revelación hace posible que el ser humano pueda entrar en relación con ese Misterio sin pretender agotarlo con sus propios conceptos.
La sinodalidad, entendida correctamente, no es solamente una nueva manera de organizar la Iglesia. Es una invitación a recuperar una forma comunitaria de escuchar, discernir y caminar juntos, teniendo como horizonte no nuestras propias construcciones, sino a Cristo, que es para la fe católica el Logos, la Palabra mediante la cual Dios se comunica al mundo.
Felipe Pardo Fariña.